Héctor Manjarrez, Anoche dormí en la montaña, Ediciones Era, México, 2013. 192 pp.
Héctor Manjarrez (Ciudad de México, 1945) ha sido objeto de opiniones muy disímiles: cronista sentimental de una época —los sesenta, con sus ilusiones y su posterior desencanto—, atado a ciertas convenciones que lindan la caducidad o el olvido, pero a fin de cuentas inclasificable y heterogéneo. Una cosa es innegable: pocos autores mexicanos han alcanzado, como Manjarrez, el cuidado y el rigor en el manejo de la prosa, particularmente en el cuento, en donde hallamos quizá sus mejores páginas. Manjarrez es un autor plenamente consciente de su vocación; en cuatro décadas ha publicado tres volúmenes de cuentos (Acto propiciatorio, No todos los hombres son románticos y Ya casi no tengo rostro), algunas novelas (Yo te conozco, Pasaban en silencio nuestros dioses, La maldita pintura y Rainey, el asesino) y un par de libros de ensayos (de entre los que destaca El camino de los sentimientos), una cifra relativamente modesta para alguien que lleva tantos años escribiendo y que posee, además, una prosa tan bien lograda. Su más reciente y cuarto libro de cuentos, Anoche dormí en la montaña, contiene en esencia lo mejor y lo menos afortunado del autor.
Abren la colección dos relatos: “La esposa y el esposo y el amigo y el otro” y “La mujer, el amante, el marido y el hermano”. Las oraciones impecables, larguísimas, la obsesión con los cuerpos y el deseo, la tensión erótica que late en los silencios de los personajes nos recuerdan, de entrada, a Juan García Ponce, con el que Manjarrez guarda notables afinidades. En el primero, una mujer abandona a su marido, no sin antes dejarle una nota en donde sugiere la existencia de un “otro” que la amó antes que él; en el segundo, la protagonista establece con su amante el acuerdo tácito de crear una realidad ficticia gobernada por su voluntad: “Tú serás ese gran amigo con el que me acuesto y no hablo de amor y Matt no tiene por qué saberlo. […] Seremos como personajes de un libro”. Múltiples fuerzas subyacen en ambos relatos: el amor, la pasión, el erotismo; en el núcleo se encuentra el Mal como la única fuerza capaz de provocar una fisura irreparable en los personajes. En estos cuentos, como en Ya casi no tengo rostro (1996), el personaje femenino encarna la violencia de la posesión: es ella la que abandona, la que engaña, la que ama —al mismo tiempo— “demasiado y demasiado poco”, la que define las reglas del juego y emite la última palabra. Sólo a partir de la infidelidad logran los personajes masculinos desprenderse de sí mismos e indagar en la naturaleza del deseo, en los vínculos y las ataduras que se entablan con los cuerpos y, sobre todo, en la dificultad para percibir desde afuera la propia pérdida amorosa: “Si yo la extraño tanto, ¿cuánto no la va a extrañar él?”.
Las series “Polis” y “Antaño”, segunda y cuarta sección de Anoche dormí en la montaña, contienen cuentos más bien precarios, de una prosa menos ágil en comparación con la primera parte del libro, y se erigen como una muestra de los consabidos vestigios revolucionarios del autor: cuentos sobre el México de principios de siglo, sobre la dictadura de los Somoza y la revolución sandinista, sobre Fidel Castro y la “cultura de la queja” que definió a los años sesenta. Manjarrez ha expresado en una entrevista que los cuentos de Anoche dormí en la montaña fueron escritos hace muchos años y no estaban destinados a la publicación. Desconozco si es el caso de todos los relatos, pero me parece que estas dos series muestran a un Manjarrez algo lejano y obsoleto, en pleno desfase generacional e incapaz de conectar el valor histórico o testimonial de su literatura con las preocupaciones actuales. Esas revoluciones, sus mitos y su desesperanza podrán haber sacudido con brutalidad a una generación, pero abordarlas en este contexto con tal entusiasmo juvenil constituye sin duda un anacronismo.
La sección más original y mejor lograda del libro es “Anoche dormí en la montaña”, serie de seis cuentos que tienen por protagonista a Concha Retama, quien ya había aparecido en El otro amor de su vida (1999). Los relatos transcurren en la Sierra Madre Occidental, tierra mítica en donde convergen lo humano y lo divino, lo sagrado y lo profano. Por medio de la comunión con el peyote, Concha logra adentrarse en este mundo místico, consciente de que jamás logrará percibir la realidad como lo hacen los indios. Ella no es más que el puente que conecta a la civilización con la barbarie, la que observa simultáneamente las latas de cerveza Modelo y el éxtasis de los rituales religiosos. Concha y su amigo silente no se proporcionan jamás sus nombres para no diluirse en sus respectivas identidades, para no arruinar la experiencia de sumergirse en lo mágico y lo extraordinario. El viaje de Concha es, en realidad, una vuelta al origen, a la feminidad más primigenia, a un tiempo anterior a todos los tiempos: “En unas horas el universo entero comenzará de nuevo, a la vez desde donde está y desde cero, desde el inicio absoluto”. Y es precisamente aquí, en el punto en el que Héctor Manjarrez deja atrás al escritor nostálgico de obsesiones históricas y se asume como demiurgo, en donde hallamos su literatura más perdurable.
Publicado originalmente en Confabulario: https://confabulario.eluniversal.com.mx/las-varias-estaciones-de-un-prosista/

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