En Sobre la lectura, Proust escribe a propósito de las lecturas iniciáticas: “lo que sobre todo dejan en nosotros es la imagen de los lugares y los días en que las hicimos”. Alude, en particular, a la infancia: las lecturas furtivas a la luz del insomnio; las incesantes interrupciones de los padres; la fingida indiferencia —o la admiración impostada— hacia ciertos autores y ciertas obras; el vértigo y la desolación de imaginar, al cerrar el libro, que nunca volveríamos a ver a los personajes que nos habían hecho jadear o sollozar.
En el prólogo a las Memorias de un leedor, Pablo Sol Mora explica el germen de este libro: tiempo atrás, en una conversación con Ricardo Piglia, este le refirió el proyecto de una obra, mezcla de autobiografía y crítica literaria, acerca de las lecturas decisivas. Años más tarde, en Los diarios de Emilio Renzi, el alter ego de Piglia vuelve sobre esta idea: “‘los libros de mi vida’, dijo. No los que había escrito, sino los que había leído”. La única consigna: que el lector se recordara a sí mismo leyendo, que fuera capaz de evocar, como sugería también Proust, una imagen de lectura. No solo debía registrar, a la manera del escritor francés, los lugares y los días, sino “el libro concreto, la edición, el lugar y el tiempo, el estado de ánimo, la situación precisa de la lectura”.
Crítico literario y profesor, Pablo Sol Mora ha publicado diversos libros sobre libros: Nada hago sin alegría (2023), sobre Montaigne; Diccionario Vila-Matas (2020), sobre el autor barcelonés; Presencia de Alejandro Rossi (2020), junto a Juan Villoro; Miseria y dignidad del hombre en los Siglos de Oro (2018), sobre Fernán Pérez de Oliva, fray Luis de León y Calderón de la Barca, entre otros; y Bésame con el beso de tu boca (2021), sobre Francisco de Aldana, Cervantes o Quevedo, por mencionar algunos. Aunque su área de expertise es la literatura áurea, sería un error afirmar que Sol Mora es un académico o, por el contrario, un lector común. Es, más bien, alguien para quien la lectura es la columna vertebral de su vida: un leedor, como expresaba Albert Béguin, “que lee por absoluta vocación, el que no puede vivir sin leer”. Porque su forma de ser y estar en el mundo, su manera de habitarlo y comprenderlo, están modelados por la lectura: Pablo Sol Mora es un hombre hecho con la materia de los libros.
En una ocasión le preguntaron a Clarice Lispector cuál había sido el primer libro de su vida, a lo que respondió: “Prefiero hablar del primer libro de cada una de mis vidas”. Cabe cuestionar entonces: ¿cuántas vidas ha vivido Pablo Sol Mora?, ¿cuántas veces ha debido revisitar, reinterpretar o someter a examen su educación sentimental, que en su caso se nutre de los libros? La exploración que emprende en estas Memorias es el reverso de la magdalena de Proust: para él, la experiencia no es un disparador de la memoria involuntaria, sino la búsqueda activa de un recuerdo, de una sensibilidad corporal —un estado de ánimo, ciertas personas, unos cuantos detalles— y de una serie de revelaciones intelectuales y estéticas que varía en función del libro y sus circunstancias. Se trata, en pocas palabras, de regresar al instante perdido, de convocar una ausencia, de volver al lugar de las apariciones: de verse desde afuera leyendo por primera vez.
Cartografía afectiva y territorio íntimo, las Memorias de un leedor reúnen veinticuatro textos donde la experiencia personal se entrelaza con las lecturas decisivas. Muestra heterogénea y caprichosa —como no podía ser de otra manera, dada la naturaleza del libro—, constituye un registro personal de obras emblemáticas: de “Alicia” para niños a los Diarios de Kafka, de Tristram Shandy a Peanuts, de Tolstói o Dostoyevski al Libro del desasosiego, Sol Mora traza una serie de imágenes de lectores: todos distintos y, a la vez, todos él mismo. En las “Palabras preliminares” que Alberto Manguel dedicó al bellísimo libro del fotógrafo húngaro André Kértesz, titulado justamente Leer —pues reúne fotografías de lectores tomadas entre 1915 y 1970—, afirmaba: “La imagen de una persona que lee es, como toda imagen, inocente en sí misma. Es el acto de traducción que hace quien la ve el que carga esa imagen de significado, declarándola positiva o negativa, memorable o banal, prestigiosa o deleznable”. No obstante, el libro de Kertész, que carece prácticamente de palabras, está plagado de imágenes —imágenes que son lenguaje—: queda en manos del lector emprender esa traducción que señala Manguel. En el caso de Sol Mora, más que un acto de traducción, se requiere de un acto de reconstrucción, y no de una experiencia propia, sino ajena: el lector tiene ante sí las palabras, los lugares, las circunstancias de lectura, incluso las ediciones, pero debe fabricar la imagen, ponerse en la piel del autor, inventar un recuerdo que no ha vivido.
Y, sin embargo, a medida que avanzo en la lectura de estas Memorias ocurre un fenómeno extraordinario: cuando Sol Mora describe la luz amarilla de su cuarto, la cortina azul, el anhelado momento en que su madre aparece y le lee de nuevo Alicia, no solo imagino la escena —a Pablo niño y a su madre joven—, sino que también me veo al interior de ella, en esa misma habitación, que pronto se transforma en la mía, la de mi propia infancia, donde le pido a mi madre que me lea por enésima vez la historia de Rumpelstiltskin, de una colección ilustrada de los hermanos Grimm. Por ello, cuando Sol Mora apunta: “El inicio, con la aparición intempestiva del Conejo Blanco, es para mí el inicio paradigmático de la aventura y, metafóricamente, de la aventura de leer […] ¿Qué se puede hacer? Hay que ir tras él. Ahora pienso que toda mi vida de lector no ha sido otra cosa que la ininterrumpida persecución del Conejo Blanco”, entendemos que la clave de este libro no está solo en recomponer una imagen, sino en leerse en ella, a través de ella, encontrar los puntos ciegos, atender a las pistas cifradas, perseguir con él al Conejo Blanco.
Más adelante, cuando Sol Mora señala: “en ‘Los hombrecitos danzantes’ [de Conan Doyle] hay un lenguaje que nadie entiende, un lenguaje que muchos ni siquiera se dan cuenta de que es un lenguaje. Holmes lo advierte de inmediato, pero no comprende su sentido. Deberá, pues reconstruirlo”, el lector comprende que su misión es develar el lenguaje secreto de esas Memorias: “Lo que un hombre inventa, otro puede ponerlo en claro”, explica Holmes. ¿Por qué, entonces, la elección del género? ¿Por qué no el ensayo de crítica literaria, que el autor practica con frecuencia, y no pocas veces con maestría? En la narrativa personal, afirma Vivian Gornick, “el narrador no suplente tiene la monumental misión de transformar un interés de baja intensidad por sí mismo en esa solidaridad desafecta que pretende ser de algún valor para el lector desinteresado”. La materia de la experiencia lectora es, en sí misma, personalísima. En este libro, la carga de la palabra “memorias” se revela en toda su magnitud: por un lado, la memoria como archivo, pero también como rescate, afirmación y duelo; por otro, la memoria lectora —que vincula el pasado y el presente con la construcción de la identidad—. El resultado es un delicado equilibrio entre autobiografía y crítica: la primera ilumina la segunda y viceversa. Por ello, no encontraremos aquí un ensayo desapasionado, ni tampoco un manual de crítica literaria. El autor se ha volcado entero en este libro y ha escrito una crónica donde anidan la nostalgia, la alegría y la sensación de refugio: la historia de una vida y un destino, el feliz destino del lector.
Hace más de quince años que conozco a Pablo Sol Mora. En todo este tiempo, ha sido siervo y amante de la palabra, su amigo y su cómplice. He sido testigo de la embriaguez que le provoca la lectura, de las conversaciones en torno a los libros, del insomnio propio del crítico. Sol Mora ha sido, de algún modo, el alegre lector de Montaigne, el obsesivo admirador de Borges, el ambicioso Julian Sorel, el inconforme Quijote, el hombre podrido de literatura a quien Vila-Matas derribó del caballo.
Al llegar al capítulo sobre Borges —titulado, con acierto, “El Embrujo Borges”—, Sol Mora hace una declaración de principios: “Este, como decía, fue el punto de quiebre. A partir de ese momento tengo clarísimo que la literatura será lo más importante en mi vida y que todo lo demás quedará subordinado a ella […] No ha habido un solo momento en que haya dudado de mi vocación. He dudado prácticamente de todo lo demás, pero no de esto, y no es un sostén menor estar persuadido de que, pase lo que pase, tenemos algo que estará siempre ahí, que da sentido a nuestra existencia y a lo que podremos siempre asirnos”.
Ese pasaje, escrito con inteligencia y convicción, me lleva al descubrimiento de mi propia vocación: una noche, en el campus, en la oficina donde trabajaba como becaria, comencé a escribir un ensayo sobre La señora Dalloway de Virginia Woolf. Era casi de madrugada, me acompañaban un par de amigas, estaba rodeada de libros. Al releer el capítulo sobre el suicidio de Septimus, sentí una extraña agitación vital, un peculiar dolor por la humanidad y sus vicisitudes, una suerte de latigazo en el corazón por un personaje que no existía en la vida verdadera. Cuando Pablo Sol Mora, entonces mi profesor, me devolvió el texto, solo había escrito una frase: “Esto es leer”. Por eso creo que, más allá de lo que consigna esta autobiografía lectora, también ha sido maestro de lectores, amigo y cómplice de los otros, arco y flecha de todo leedor que, sin saber que lo era, lo ha descubierto gracias a él.
Memorias de un leedor es el espectrograma de una vida entregada a la lectura: Sol Mora está enfermo de literatura, y sospecho que solo quienes padecen este mal reconocerán en estas páginas los síntomas de su propia condición. En el fondo, leer este libro es participar de una conversación secreta: un diálogo entre el yo que lee y el yo que recuerda, entre el autor que escribe y su doble lector. En ese espacio entre ambos se cifra el mayor hallazgo de lectura: la posibilidad, así sea remota, de encontrarse con el otro, de compartir esta pasión inútil, esta misma obstinación por seguir el rastro del Conejo Blanco, a sabiendas de que no lo atraparemos.
Pablo Sol Mora, Memorias de un leedor, El Equilibrista / Universidad Veracruzana, Ciudad de México, 2025, 168 pp.
Publicado originalmente en Criticismo #55: https://criticismo.com/tras-el-conejo-blanco/

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