La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

Más que como novelista, Mario Vargas Llosa siempre me interesó como lector. Contrario a lo que cabría esperar, lo primero que leí de él no fue La ciudad y los perros, ni La fiesta del Chivo, ni Conversación en La Catedral, ni La Casa Verde. Francamente, lo leí temprano y mal. Mi primera aproximación a su obra fue un desliz adolescente: encontré, en la biblioteca furtiva de mi casa, Elogio de la madrastra, y lo devoré con una mezcla de morbo y desilusión. Concluí, pues, que no era el autor que buscaba, y me dediqué a leer a otros escritores del boom. Años después lo escuché hablar en una conferencia sobre Victor Hugo y sus pasiones literarias, y comprendí que mi juicio había sido prematuro y erróneo: estaba ante uno de los grandes autores contemporáneos, pero, sobre todo, ante un lector extraordinario.

Junto con La orgía perpetuaLa verdad de las mentiras es, a mi parecer, su mejor libro de ensayos. La edición original, de 1990, reunía los 26 textos que el autor había escrito como prólogos para la Biblioteca de Plata, una colección dirigida por él mismo para Círculo de Lectores. La edición de 2002, publicada por Alfaguara, incorporó diez ensayos más, hasta completar los treinta y seis que le otorgan al libro su forma definitiva. El texto preliminar, que da título a la obra, es estupendo y revela los claroscuros de la ficción, la realidad, la literatura fantástica y la realista, la verdad literaria y la verdad histórica; por el contrario, el texto final, “La literatura y la vida”, me entusiasmó en su momento, pero ahora, en la relectura, lo encuentro manido, afectado, plagado de lugares comunes. En cambio, el resto del libro me sigue deslumbrando: no solo ha envejecido afablemente, sino que ha ganado carácter, textura y profundidad.

No es ocioso que Vargas Llosa comience La verdad de las mentiras con un ensayo sobre la distinción entre ficción y realidad. El autor no cae en la trampa de las obviedades: la ficción no es lo que está dentro de la narrativa, ni la realidad lo que está fuera. La mentira como mecanismo de la ficción es la espina dorsal del libro entero: los ensayos sobre La muerte en Venecia, de Thomas Mann; La señora Dalloway, de Woolf; Lolita, de Nabokov, o Sostiene Pereira, de Tabucchi, no son únicamente textos de crítica literaria; más bien, el autor se dedica a ampliar, ejemplificar y contravenir su propia tesis sobre la ficción: “En efecto, las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa–, pero esa es solo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que solo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es.” En este sentido, el libro descubre un curioso juego de espejos: la ficción no revela la realidad, sino su reverso: lo que no se ve, lo que no se puede ver, lo que no se debe decir; los deseos escondidos, las obsesiones, lo que se calla, lo que se imagina pero no se concreta. Por ello, toda novela es una novela de fantasmas: al escribirla, el autor rehace, no lo que le sucede, sino lo que no le sucede. Su materia prima, el lenguaje, es una doble trampa: por un lado, produce la sensación de que algo está ocurriendo –un romance, un asesinato, una persecución–, pero el lector sabe de antemano que no es así: no le ocurre a él, los caracteres son ficticios, la trama es una ilusión; por otro, despierta en él la sospecha de que, si bien la narración no es verdadera, es tan verosímil que se parece a la realidad. Es aquí donde la mentira encuentra su lugar: el escritor imagina lo que no puede vivir y, al desplazarlo a la palabra, miente, altera, distorsiona, inventa, transforma esa no vida en otra cosa que, paradójicamente, termina por ser más intensa que la vida verdadera.

A Vargas Llosa, además, le interesa la cuestión del tiempo: la vida no puede detenerse, el reloj no puede hacer caer la manecilla, pero la ficción es capaz de ordenar el caos, incluir un principio y un final, ofrecer una representación, un simulacro que nos haga rozar por un momento la realidad: “La vida adopta un sentido que podemos percibir porque ellas [las novelas] nos ofrecen una perspectiva que la vida verdadera, en la que estamos inmersos, siempre nos niega.” En este sentido, la ficción es a la vez una negación y una afirmación de la vida: es justo a través de este subterfugio, de esta fantasmagoría, que el lector puede acceder a las verdades más complejas de la condición humana.

Apasionado, honesto y riguroso, La verdad de las mentiras es un diálogo de Vargas Llosa consigo mismo y con el lector común. El autor no rehúye las implicaciones éticas, políticas y sociales de la literatura: sostiene que Kurtz, el personaje de Conrad, encarna la “caída”, esa corrupción moral que produce la codicia; considera que Meursault, en El extranjero, es el enemigo declarado de la sociedad, y su tragedia, “la del individuo cuya libertad ha sido mutilada para que la vida colectiva sea posible”; y ve en Auto de fe, de Canetti, una “escalofriante metáfora de una sociedad a punto de caer en brazos de la sinrazón y la demagogia más fanáticas”. Por todo ello, este libro es, antes que nada, una defensa feroz –y necesaria– de la literatura en un tiempo donde los totalitarismos, el dogma, la inmediatez y las certezas absolutas nos acechan con más fuerza que nunca.

Publicado originalmente en Letras Libres: https://letraslibres.com/revista/munoz-villarruel-guzman-rubio-vargas-llosa-un-legado-a-examen/#h-la-verdad-de-las-mentiras

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